Perversidad proviene del latín pervertere, que significa: al revés, torcido o actuar contra el recto proceder. En su dimensión psicológica, según Kant y Freud, la perversidad es la crueldad fría, el cálculo provechoso aun de la desdicha humana para obtener réditos, gratificaciones personales de placer, de poder o de simple narcisismo; la perversidad niega los sentimientos y el sufrimiento ajeno. Es considerada una de las cualidades más inhumanas del ser humano.
Nerón mandó matar a su madre y tocaba la lira mientras Roma se incendiaba; Calígula contemplaba gozoso la tortura de sus adversarios, como la de sus amigos o propia familia. No le colmaba la muerte, sino el sufrimiento, el acto de crueldad a su vista; la crueldad no como medio, sino como un fin en sí misma.
Fue perverso que los senderistas colgasen de los pies a pequeños bebés en Soras (Ayacucho, 1984) y los destajasen a vista de sus madres, quienes amarradas se retorcían de dolor y llanto hasta morir de un machetazo en la cabeza. Nunca se sabrá si a estos inhumanos les alcanzó la justicia o quizá algunos sean profesores, fiscales, jueces, congresistas o acaso candidatos para el 2026.
Son perversos los políticos que medran del sufrimiento de millones de peruanos en extrema pobreza, sabiendo que el gambito fatal de “yo me hago millonario y tú húndete en la extrema pobreza” es un acto de perversidad. Es perverso sobrevalorar obras y hacerlas absurdamente costosas —refinería de Talara, Línea 2 del Metro, Gasoducto del Sur— mientras la población no tiene agua ni servicios básicos esenciales.
Pero la gran perversidad llegó con la pandemia. Fue perverso destituir a una ministra de Salud, quien recomendó no comprar pruebas rápidas, e inmediatamente comprarlas para terminar con un contagio masivo y más de 200 mil muertes, cifra porcentual más alta en el mundo. Mientras los peruanos morían, Martín Vizcarra diariamente salía en la televisión no con soluciones, sino cruelmente como parte de su “posicionamiento permanente” que su insensato asesor le dictaba. Repartir bonos selectivos con el mismo obsceno propósito cierra el círculo.
Fue perverso que, mientras miles de peruanos morían, Vizcarra, presidente de una nación en crisis, se vacunase a escondidas junto a su hermano y esposa y que luego cínicamente lo niegue y, ante las evidencias, manifieste tramposamente que fue un voluntario que arriesgó su vida para salvar a los peruanos. Esa perversidad no la debemos olvidar jamás.
Fue perversa la demolición de Pedro Chávarry, entonces fiscal de la Nación, quien osó frenar el entreguismo en unas investigaciones con olor a traición a la patria. Titulares de prensa, horas de televisión, declaraciones de títeres, uso frenético de redes para martillar hasta manipular la opinión pública, convertirlo en “villano desechable” y vacarlo.
El perverso no solo goza haciendo daño mientras mantiene una máscara de honesto y humilde. El perverso manipula, miente sin remordimientos, instrumentaliza el dolor ajeno para beneficio propio y destruye sin sentir culpa. Vizcarra encarna esas definiciones: robó en Moquegua, traicionó a PPK, se vacunó mientras los peruanos morían, destruyó honras, regaló dinero público a sus preferidos y, cuando todo se derrumbó, fue cínica su victimización. Su sonrisa de ingeniero provinciano fue la careta perfecta para uno de los gobernantes más perversos de nuestra historia.
Así, 14 años son pocos. ¿Lo hizo solo? Por supuesto que no.

Deja una respuesta