La extrema pobreza en el Perú se mide por la incapacidad de cubrir una canasta básica alimentaria valorizada en 251 soles mensuales en el ámbito rural y 446 en el urbano, según el INEI. Por lo tanto, el indicador de gestión principal (KPI) es el número absoluto de peruanos afectados o el porcentaje de personas por debajo de esa línea.
En 2010, los peruanos en extrema pobreza fueron 3.3 millones; quince años después, 1.9 millones siguen sufriendo hambre, desnutrición crónica, anemia y todos los males. Aun cuando en términos absolutos habría disminuido, el truco se encuentra en que los presupuestos para combatir la extrema pobreza en 2010 fueron 1,800 millones de soles y, a la fecha, son más de 12 mil millones; casi siete veces más de presupuestos.
Los presupuestos de Juntos, Pensión 65, Cuna Más, Contigo, Qali Warma, hoy Wasi Mikuna y mañana nadie sabe cómo se llamará, crecieron explosivamente, pero alrededor del 70 % es gasto corriente, con lo cual el objetivo central y razón de ser de su existencia están en cuestión mientras se mantenga este statu quo. Un fracaso rotundo derivado de un modelo asistencialista sin ninguna salida estructural. Se dio pescado y no se enseñó a pescar.
Un dato importante que sustenta las fallidas estrategias está en el enfoque. El 78 % de la extrema pobreza se ubica en los centros poblados más alejados del Perú. Según el Registro Nacional de Municipalidades (RENAMU) del INEI, existen 1,859 centros poblados con alcaldes que rumian su pobreza y viven dependientes del “goteo” presupuestal desde los distritos o provincias. No tienen recursos y son absolutamente dependientes de otros alcaldes.
Si el Estado quiere acabar con la extrema pobreza, ¿por qué solo “gotea” remanentes presupuestales a los centros poblados y no aplica una estrategia exactamente inversa a la actual? Si se quiere cambiar los resultados, no se puede continuar haciendo lo mismo, y en esta sublime tarea hay que empezar por los centros poblados del Perú, de la mano de sus alcaldes, asignándoles presupuestos junto a asistencia técnica y una clara prioridad de objetivos.
De otro lado, la base del asistencialismo son los bonos y alimentos, los que resultan insuficientes. Hay aproximadamente 5 mil km de brechas viales, según Provías; trochas carrozables solicitadas por los centros poblados y caseríos, sin respuesta; mientras la Ingeniería del Ejército no es utilizada en sus capacidades, que incluyen rapidez, economía de medios y plazos perentorios, con lo cual en cinco años se lograría la conectividad que trae desarrollo. Tampoco hay internet ni electricidad, habiendo Starlink y paneles solares, ni titulación masiva.
Falta una visión sistémica y hay la sensación de que solo se asiste por cumplir un programa y no por objetivos claros ni por humanidad. Hay que fusionar programas bajo una sola dirección que, además, promueva inversiones privadas exoneradas de impuestos a condición de que generen oportunidades laborales productivas que frenen el decrecimiento demográfico de las provincias por migración en búsqueda de oportunidades.
Cualquier estrategia positiva y humana debe empezar por los centros poblados, acompañada de la declaración de zonas de interés nacional a los 500 centros poblados con pobreza extrema crítica. A la extrema pobreza no se le administra, se le combate y vence. Es cuestión de estrategias.

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