De zorros y zorrillos, pulgas y elefantes

El Estado peruano ha sido infiltrado por bandidos que destruyen la credibilidad en los cimientos básicos de la República y la pervierten a niveles de circo político. El argentino Manuel Mujica Lainez escribió el libro Zorros y zorrillos y, en una fábula política, retrató a los actores de su sociedad, que no era muy distinta a nuestra realidad cotidiana. A esa fauna de zorros y zorrillos de Mujica, por “primacía de la realidad peruana” de nuestros días, le añadiremos las pulgas y los elefantes.

Son zorros los astutos que tienen madrigueras en cualquier oficina estatal. Los más zorros gobiernan desde el Ejecutivo o controlan el Congreso sin haber sido elegidos y siempre estarán donde existen los mayores presupuestos o donde se deciden ellos, como la Comisión de Presupuesto del Congreso; al final, lo que le importa al zorro y su pandilla es lucrar frenéticamente y, con ese dinero turbio, consolidar su poder, reelegirse o saltar a otros cargos donde haya más dinero para lucrar más y hacer crecer a la manada.

Los zorrillos son cínicos y desvergonzados y no tienen pudor, huelen mal y todos saben que es un coimero de marca mayor, pero, en la cara de todos, se mimetiza como un pobre gatito y puede jurar por todas sus generaciones que es un mártir en lugar de delincuente. Con desvergüenza, otros zorrillos, que incluyen por cierto a “reconocidos” periodistas, lo respaldan tras bambalinas y hasta lo elegirían presidente para salvar a la manada. Para los zorrillos, el Perú no es primero y la corrupción es su norma.

Hay una fauna judicial que encierra inocentes y libera culpables, pero las pulgas son sus víctimas preferidas. A las pulgas les dedican infinitos procesos para alardear que “persiguen el delito”, pero las pulgas existen para no perseguir a los elefantes. Estos, por volumen y peso, tienen poder y se convierten en casi intocables y, si por “error” caen en un proceso, veremos al fiscal balbucear en público, contradecirse y retirar la acusación. Instante preciso de su metamorfosis a zorro-zorrillo, una mutación hedionda y traicionera. Los elefantes tienen la cualidad de pasearse sin ser vistos por quienes hacen safari de pulgas.
Las pulgas representan a la gran mayoría de los ciudadanos, esos que no tienen poder ni influencias y que son fácilmente sometidos. Son las personas de a pie, quienes terminan en la cárcel por robar una gallina, mientras que los elefantes se pueden robar el gallinero, seguros de que no serán perseguidos y, si lo son, no temen a nada porque pesan.

Para esta fauna, el Estado es un botín y el poder es para saquearlo. La lucha es desigual, pues el dinero ilícito es colosal y quienes deben perseguir no ven pasear a los enormes elefantes porque están concentrados en las minúsculas pulgas.
Esta fauna refleja una realidad dominada por la corrupción, la impunidad y el desamparo, y las próximas generaciones están en juego sin una urgente reforma estructural. Se atribuye a Edmund Burke, un filósofo irlandés, la sentencia: “Para que los malos triunfen, basta que los buenos no hagan nada”. Nunca más oportuno, pues la indiferencia y el miedo al lodo que lanzan zorros, zorrillos y elefantes hace que los rapaces se perpetúen en el poder. El 2026 es quizá la última oportunidad de cambio.

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